«Estamos aporteñados a Ingeniero White y es difícil dejarlo»

Con fuertes vínculos con el ferrocarril, el tango y la época dorada de la localidad, Antonio Genovali enumeró los principales aportes de aquellos tiempos donde la felicidad y los buenos amigos eran moneda frecuente.

Con raíces bien whitenses y una profunda admiración por el pasado dorado que engalanó a nuestra localidad, Antonio «Pochi» Genovali formó parte del 117º capítulo de IngenieroWhite.Com, por La Brújula 24, ofreciendo todo tipo de recuerdos y vivencias sobre la comunidad portuaria.

«Toda la vida en White, nací con ese olorcito a salado encima. De chico, empecé en el Colegio Sarmiento, donde recuerdo las heladas que duraban semanas. La vida me fue permitiendo conocer a la gringada de White y sentir los olores a estofado o asado los sábados y domingos, entre otras cosas», rememoró Genovali.

–¿Cómo fue su infancia y sus primeros pasos dentro de la localidad?
–Me acuerdo de un vecino de al frente de casa quien, junto a su hijo, me hizo mi primer carrito. Eran tiempos de potrero en las calles llenas de barros, algo muy lindo. De grande, ya con 21/22 años, uno recuerda que lindo era todo eso.

«Mi familia es Genovali-Luciani, gente de barrio muy aferrada a su lugar. Mi viejo nació en La Boca y con una mirada suya alcanzaba para poner los límites, mientras que mi vieja era una tana divina de Sicilia. Siempre me acuerdo el día que mi papá cobró su primer aguinaldo, mientras yo lo esperaba en la bajada del puente», apuntó Antonio.

«Atrás de Garro teníamos 3/4 canchitas para jugar al fútbol, de donde salieron personalidades y jugadores destacados de Comercial, como Monyeta y Gamero. Nos quedábamos abajo de los faroles jugando hasta las 10 de la noche. También estaba la canchita marina, donde jugaban los muchachos de Prefectura y armaban unos picados bárbaros. Mi hermano Florindo, Mocho Pérez y Santos jugaban descalzos y pateaban con tanta fuerza como si tuvieran puesto un botín», amplió.

–¿Y a nivel laboral cómo fueron sus inicios como trabajador?
–El ferrocarril trabajaba con la fruta, con la hacienda, estaba YPF; trabajaba todo White. Yo entré a los 14 años, en época de los ingleses, como mensajero. Con el paso del tiempo fui escalando hasta llegar a ser personal de dirección y fabricar los planos de la playa ferroviaria de White, que con más de 2 mil cambios era la más grande de Sudamérica. A veces no quiero pasar por ahí porque ahora es muy triste como está todo. Me afectó mucho la quemazón y la mano negra que hubo.

«Mi vida nocturna también fue muy linda, con el Círculo Gardeliano y las amistades con los muchachos dirigidos por Gustavo Gabí, Achával. Me escapaba con Conradito De Lucía al local de Sixto Laspiur y Rondeau para ir a ver a Cacho Crudelli. Las cantinas también era otra cosa fantástica dentro de White», aseguró Pochi.

–¿Cómo ve a Ingeniero White en estos tiempos?
–Lo recorro, agarro la bicicleta de mi pibe y ando por White. Pienso que hay que darle su tiempo a la delegada para que pueda hacer cosas. Y le pido por favor a la gente del puerto que pongan su corazón en White. Hace 20 años que no se toca nada y necesitamos ponerlo en punta como antes.

–Y la última, si tuviera que definir qué es ser de White…
–Mirá…mi hermano ganó Grandes Valores del Tango en Buenos Aires y no quiso quedarse porque acá tenía todo. A Antonio Campo le pasó lo mismo. Pienso que estamos aporteñados a Ingeniero White y es muy difícil dejarlo.