Los Reyes Magos

Muchas veces nos sentimos frustrados. Cuando esos desencantos llegan muy temprano en nuestro tiempo de vida, el desengaño lastima más profundamente

Al comenzar a andar en nuestra existencia, con la protección de los padres, nos sentimos seguros, contenidos. Pero esa misma cobertura de seguridad, arrastra costumbres, atavismos y creencias que nos llenan de felicidad o nos colman de amarguras. ¿Culpables? No. No hay culpables. Los acontecimientos se precipitan, confunden y agreden prematuramente al niño en su confianza y lesiona su crecimiento y sus enseñanzas.

Los padres procuran que sus hijos sean felices y en la vorágine de los acontecimientos, con dulzura le inventan un mundo rosa, para que lo vivan y lo disfruten.

Y entonces, llega el bautismo a una creencia que para el niño es una letanía repetible pero incomprensible o no asumida como tal.

La criatura es judía, cristiana, musulmana o protestante porque sus padres lo son. Le es inculcada una religión a la fuerza, sin preguntarle que opina. Les inventamos unos reyes que existieron hace dos mil años, como personajes actuales que los visitan cada año, para traerles la alegría de un juguete, en premio por un año de buen comportamiento. Estiramos la fábula, hasta donde se pueda. Un día el niño recibe el cachetazo que sus ídolos, sus padres le han contado algo que no es cierto.

Esto sucede generalmente al ingreso a la escuela primaria. Y el chico que ya venía sospechando algo, sacando conclusiones de esos episodios, lo asume medianamente bien.

Máxime en estos tiempos de computadoras y por ende informaciones expuestas a la inquietud del infante. La historia de los camellos, la simultaneidad de todo el mundo de los Reyes Magos o el ingreso a través de chimeneas de Papá Noel o Santa Claus, que podría darse en esta parte del mundo pero no en las tierras del personaje donde por ser temporada de invierno y frío los hogares están a pleno con los troncos ardiendo, son insostenibles ante los niños de hoy.

Claro que es bueno que los chicos tengan fantasías pero hay que conjugarlas con la perspectiva de que el niño sea feliz. Porque se escuchan premios y castigos en forma habitual; como decía Héctor Gagliardi: “si vos no portás bien/ le digo a los Reyes Magos/ que te dejen sin regalo/ y te quedás sin el tren…”

Seguramente ningún padre amenaza en términos parecidos, perdiendo de vista que quiere lo mejor para su hijo y trata de incentivarlos en ese sendero.

En mi casa, por ejemplo, el mango siempre entró y salió gambeteando necesidades y desde muy pequeños sabíamos que las chirolas para golosinas o juguetes eran casi prohibitivas. Por eso aguardábamos con ansias la llegada de Los Reyes Magos que con su magia milenaria viniera a paliar esa orfandad de chiches de nuestra tierna infancia.

Era una inmensa alegría cuando el 6 de enero, que entonces era feriado, mi viejo prolongaba horizontalidad un rato más, él que era siempre primero para y sólo lo hacía cuando obedeciendo el mandato del sol en las ventanas, ese resplandor nos confirmaba que era el Día de Reyes. Cuando llegábamos a los trajinados zapatos, allí estaban el juego de jardín, la paleta y la muñeca. Comentábamos a los gritos que los camellos se habían tomado el agua que le dejamos y comido el pasto fresquito que arrancáramos del baldío de enfrente. Y aunque los juguetes eran de una pobreza franciscana, para mis cuatro años resultaban los mejores regalos del mundo.

Pero ocurrió que los viejos que en un loteo que se había efectuado más de un año atrás, compraran un terreno, en el afán simultáneo de achicar gastos y procurarse cada día alguna pequeña comodidad más, compraron una casa.

En ese tiempo las casas de madera y chapa, se vendían y se trasladaban de un lugar a otro del pueblo, mediante la colocación de grandes tirantes donde la apoyaban y mediante sogas que ataban a caballos se iban arrastrando, en este caso una casa con dos piezas, superando inconvenientes, como por ejemplo el Puente La Niña. Y en los primeros días de enero se llevó a cabo ese transplante edilicio y luego de ubicadas las habitaciones en el terreno se cerraron con alambre de cerco el frente y el fondo del terreno. La tarea más pesada pero indispensable era el cavado de un pozo ciego para instalar la letrina que se había comprado con la casa.

El 6 fue la mudanza, aprovechando el feriado y entre todas las complicaciones a resolver que presenta un cambio de casa, mis viejos se olvidaron de los Reyes.

Mi hermano con ocho años, entendió las explicaciones de mi pobre vieja. Mi hermana de apenas dos no comprendía demasiado que estaba pasando, cuando Mamá nos decía que a la mañana siguiente íbamos a ir a comprar los juguetes. ¿Cómo comprar los juguetes? ¿A los reyes no les avisaron que ahora vivíamos en estas piezas viejas? Se me hacía trizas el alma, con lo que siendo una sospecha se venía a descubrir tan descarnadamente.

Un rato después uno de mis tíos, sospechando el olvido de mis viejos trajo juguetes para los tres. Pero eran sólo juguetes

Yo quería los juguetes de las Reyes Magos. Para eso me había portado bien tantos días. Y todo era mentira. No entendía porque le habían mentido así. Porque si hubiera sabido que Papá y Mamá no tenían que gastar dinero para comprarme el juego de jardín que había escrito en la carta. La carta. Cuando le di mi carta a los Reyes sin estampilla. “No hace falta”, me había dicho con una sonrisa y me dejó un cariñoso coscorrón en la mata de pelos siempre despeinada. ¿Todas las personas grandes son mentirosas?

En los años siguientes pareció no haberse recordado nada de lo pasado ese 6 de enero y  continuó la rutina de los zapatos [lustrados], el agua  y el pastito. Previos  a los repetidos días de Reyes, había insinuado que quería un tambor, casi real, con parche y todo, pero cada despertar esperanzado descubría un camión, un revólver y en el mejor de los casos un libro. Ni miras del tambor.

Unos años después cuando la fundación Eva Perón, repartía el pan dulce y la sidra para Navidad y Año Nuevo y para el día de Reyes, enloquecían de alegría a los pibes de la barriada, me entregaron en la Escuela Cortés una caja cuadrada de unos treinta centímetros de lado y dentro de ella ¡El tambor! Como lo había soñado e imaginado. Rompí nerviosamente la caja y saqué mi ansiado elemento de percusión y lo colgué de mi cuello mientras aporreaba el parche de cuero con los palillos y marchaba las cinco cuadras hasta mi casa, con porte que parecía marcial.

Y al rataplán del tambor, iba pensando que los mayores no mentían. Las cosas podían complicarse, pero al fin teniendo muchas ganas y mucha fe se concretaban.

Y a cada paso el pecho se henchía de alegría.

Sin embargo llegué a casa con los ojos irritados por un llanto incontenible. Los años habían pasado y de aquel chico que años atrás lloraba su inocencia perdida en la creencia de los Reyes Magos había crecido desmesuradamente. Vestidas con aquellos pantalones cortos, las esqueléticas piernas le quitaban todo atisbo de niño. Un señor que salía del Club Defensores me destrozó la ilusión y me llenó de infortunio y de vergüenza: “No te parece que ya sos demasiado grande, para ese tambor…”

Nota: Tino Diez.