Violet Constance Jessop, la bahiense del “Titanic”

Nació en la colonia inglesa de Sauce Grande, a unos 30 kilómetros de Las Oscuras, vivió en Ingeniero White y recorrió las calles céntricas en 1891, cuando Bahía Blanca todavía no era ciudad. Su destino la llevaría a la noche más recordada en la historia de la navegación mundial. Y sobrevivió para contarlo.

Cuando la muerte finalmente pudo alcanzarla en la ciudad inglesa de Suffolk, en la madrugada del miércoles 5 de mayo de 1971, muy pocos supieron que se trataba del último capítulo del colérico enfrentamiento que ella y su destino mantuvieron, a lo largo de todo el mundo, por casi 84 años. Sobrevivió a la tuberculosis, a la pobreza, al desarraigo, a un terremoto, a la Primera Guerra Mundial, y a tres naufragios casi consecutivos, incluyendo al más dramático de todos los tiempos.

Se llamó Violet Constance Jessop. Fue la bahiense del “Titanic”.

e0657a1d2289c67e5edc231f8fde10fa“Un cielo límpido, con el sol de la mañana reflejando innumerables sombras en el campo de flores, que cubrían todo como una alfombra (…) Esa es mi primera memoria de las Pampas, el vasto pedazo de tierra donde teníamos nuestro hogar en la Argentina”, recordaría años después Violet en unos manuscritos que quiso mantener inéditos. En la década de 1860, la comunidad británica del sudoeste bonaerense estableció una colonia en los márgenes del Sauce Grande, a unos 30 kilómetros al norte del paraje Las Oscuras, en el viejo partido de Bahía Blanca. La mayoría de los habitantes realizaba tareas agrícola-ganaderas, con especial interés sobre la cría de ovejas y el cultivo de trigo, maíz y cebada.

La postal de época puede apreciarse mejor a partir de una descripción realizada por el empresario ferroviario Arthur Henry Coleman: “Esta inmigración es laboriosa, tranquila y tiene una ventaja (..) consta de jóvenes más o menos ilustrados y cultos, con capitales a su disposición”. La imagen se refuerza cuando el diario angloargentino “The Standard” enumera el progreso de la colonia en 1870: “18.500 ovejas, 215 vacas lecheras, 173 caballos, 8 casas de alto, 18 ranchos, 3 máquinas de cosechar, 9 de segar y 50 arados”, contabiliza con asombro. Aunque la mayoría de los colonos tenía origen escocés, también podían encontrarse algunos ingleses e irlandeses, todos en buena convivencia.
Salvo contadas excepciones, se consideraban a sí mismos como británicos, protestantes y leales a la reina Victoria. A esa región llegó, en algún momento de 1885, el dublinés William Jessop, buscando abrirse un mejor futuro económico con la esquila de ovejas, la misma especialidad que había desarrollado en Irlanda. Es evidente que las primeras impresiones le resultaron buenas, lo suficiente como para convencer por carta a su novia Katherine Kelly, a que cruzara el Atlántico para acompañarlo.

8c3a4d2a2f7c6c5984ee3027e0e6a187De acuerdo con los escasos registros conservados, se sabe que Katherine llegó al puerto de Buenos Aires en noviembre de 1886, y que partió de inmediato hacia Bahía Blanca. El último tramo debió hacerlo en carreta, hasta el rancho que había levantado William en Sauce Grande. El rancho en cuestión era, según las memorias de Violet, “una larga habitación construida por mi padre, con piso de tierra y paredes de adobe.

También tenía una alambrada, para protegerla de la paja voladora, que podía ser muy molesta con el viento. Adentro, apenas había una silla de madera y no mucho más. Sin embargo, ellos eran románticos y ahí fue donde mi padre le pidió casamiento”. Los novios, efectivamente, se casaron a principios de 1887 y el 2 de octubre de ese año nació Violet. Fue la primera de los nueve hijos que tendría la pareja: los bahienses Ray, William, Philip, Jack y Patrick, además de los mendocinos Denis, Molly y Eileen. “La vida en el campo era simple. Se trabajaba durante todo el día, hasta la cena. Por lo general comíamos cordero a las brasas, asado con cuero, galletas, mate y vino tinto.

Al anochecer llegaba mi padre y siempre me traía un regalo, generalmente una mascota o un huevo de avestruz”. “La mayoría de los vecinos eran británicos (…) y, gracias a su ayuda, mi madre, que no sabía una sola palabra de español, pudo conseguir todo lo que necesitaba para la casa, cada vez que alguno de ellos viajaba a Bahía Blanca, un puerto del sur bonaerense, ubicado a un día a caballo”, recordaba Violet en sus manuscritos.

willard_cEsa vida al aire libre, entre cultivos y corrales, se terminó por los constantes ciclos de sequías e inundaciones, y por la grave crisis económica del gobierno de Miguel Juárez Celman. William Jessop decidió, entonces, resignar sus hábitos campestres para aliviar el rojo en las cuentas familiares, y aceptó una oferta para trabajar en el puerto bahiense, con casa y traslado incluidos. “Por primera vez fuimos a vivir a una casa real, hecha de ladrillos, y con paredes de madera en lugar de barro”, evocaba Violet, aunque no dio mayores pistas sobre la ubicación exacta. Algunos investigadores, como el arquitecto José María Zingoni, sugieren que la vivienda de los Jessop pudo estar emplazada sobre la avenida Guillermo Torres, cerca del corazón de Ingeniero White, donde solían establecerse los empleados ferroportuarios de origen británico. Allí las costumbres eran bastante diferentes para la familia, pero en especial para Violet, que nunca había estado en una locación urbana. Sus padres le habían advertido que ya no podría andar por cualquier parte, como en el campo, y que todos debían vestirse y comportarse de otra manera, estrenando modales para propios y ajenos. “Me costaba entender que mi padre estuviera siempre vestido con la ropa que sólo usábamos para las fiestas, y que lo llamaran todo el tiempo por cuestiones de trabajo. Pero lo que me resultaba más difícil era adaptarme a la casa grande”, recordaría.

Pese a todo, Violet fue descubriendo la vida en la Bahía Blanca de 1891-92, cuando todavía no había sido elevada al rango de ciudad. Por entonces contaba con alrededor de 8 mil habitantes, de los cuales sólo 200 eran británicos. “La mayor parte de Bahía Blanca no estaba pavimentada y cruzar una calle significaba, muchas veces, tener que estar saltando entre los charcos.

En contraste, la zona portuaria donde vivíamos estaba limpia y pavimentada”. Aunque el atractivo de caminar por el centro bahiense era enorme para una niña nacida y criada en el campo, Violet aseguraba que el mejor momento de cualquier día pasaba por quedarse observando el incesante movimiento portuario. “Los barcos, llegando y partiendo, me resultaban fascinantes. Y los marineros, con sus trajes azules y botones dorados, eran muy amables con nosotros. Muchas veces lo primero que hacían al desembarcar era pasar a visitarnos. Eran generosos y siempre nos traían regalos de ultramar, como mermeladas o chocolates”, contó. Si bien se encontraban cómodos, y ya formaban parte de la comunidad whitense, los Jessop estaban signados por el nomadismo. Por eso no fue una sorpresa para Violet cuando su padre le contó que iban a mudarse nuevamente, porque lo habían transferido para hacerse cargo de una nueva estación del Ferrocarril Sud. Otra vez Violet esquiva las precisiones sobre la ubicación del nuevo destino, algo que bien puede atribuirse a la edad que tenía al momento de aquellas vivencias. Pero, si se consideran sus pocos recuerdos, sumado a la apertura del ramal Tres Arroyos-Bahía Blanca, no sería descabellado suponer que se trató de una estación intermedia como Bajo Hondo, San Román o Calvo.

Lo cierto es que, por sus descripciones, el nuevo hogar parecía una combinación de los dos anteriores. “Al arribar, descubrimos que teníamos cocina, pisos de madera y un patio lleno de flores rojas, todas cosas que nunca antes habíamos tenido”.

Violet_jessop_titanic“La casa parecía emerger de un mar de alfalfa y los vecinos más cercanos estaban a varias millas de distancia. La única otra construcción a la vista en un `bolichi’ (sic), una pequeña taberna y almacén atendidos por doña Rosa y su padre, don Guillermo”, señaló. La muerte de su hermano Ray, como
consecuencia de una escarlatina, y un accidente con veneno que casi le costó la vida a Violet, fueron determinantes para que sus padres consideraran al lugar como un signo de suerte esquiva, del que debían partir de inmediato. Los directivos del ferrocarril destinaron a William a la cabecera de la línea, en el barrio porteño de Constitución. Pero la estadía allí también fue breve, por la tuberculosis que contrajo Violet. Sus médicos del Hospital Británico llegaron al punto de darle tres meses de vida, quizá un poco más si se trasladaban a algún lugar con aire puro de montaña. Mendoza fue entonces la siguiente escala del derrotero familiar. Hay que recordar que, por entonces, la tuberculosis se cobraba la vida de casi todos los afectados, y los pocos que lograban salvarse quedaban con sus pulmones en una situación comprometida. Sin embargo Violet recuperó la salud de manera milagrosa en unos pocos meses, por causas que años más tarde le atribuyó a “la ayuda del cielo”. Hasta tal punto fue su mejora que, en marzo de 1900, ingresó como alumna a la Escuela Normal de Señoritas, una institución que contaba con varias de las docentes norteamericanas traídas al país por Domingo Faustino Sarmiento, como Sarah Cook, Margaret Collord y Mary Olive Morse.

De entre los párrafos escritos por Violet es posible inferir que la vida había comenzado a mejorar para los Jessop. Y de no haber muerto su padre a comienzos de 1903, es muy probable que hubiesen adoptado a la capital cuyana como su locación definitiva. Katherine entendió que la partida de William había multiplicado la soledad que naturalmente tiene cualquier exilio. Por eso escuchó con atención los consejos de algunos vecinos, preocupados por la suerte económica de la familia, y supo que era el momento indicado para regresar a Europa. En Londres podría reencontrarse con parientes y amigos, hallar algún buen trabajo y asegurar un futuro más próspero para sus hijos. Y así fue como una mañana comenzó a deshacer el trayecto que había trazado en 1886: carreta, tren y barco. Esta vez a bordo del “Burgundy”, y con destino en el puerto de Liverpool, escala previa a la capital inglesa. Violet ingresó como camarera a la firma White Star Line en septiembre de 1910, luego de soportar algunos rechazos en otras compañías marítimas, que habían considerado su atractivo físico como un obstáculo para la actividad de a bordo.

0ddd5089ffb6c81f3aa912dfbe3a499eCabe destacar que, por entonces, ella tenía 22 años, era alta y estilizada, con rasgos suaves, ojos verdes y abundante pelo rojizo. A un siglo de distancia, las fotos que la sobreviven dan cuenta de que poseía una belleza clásica. Y a diferencia de quienes la habían prejuzgado por estos rasgos, sus nuevos empleadores consideraban la estética de la tripulación como un símbolo acorde al prestigio que querían infundirle a sus nuevos transatlánticos. Su carrera en la firma fue ascendente, desde su viaje inaugural con el Majestic”, pasando por el “Adriatic” y el “Oceanic”, hasta llegar al lujoso “Olympic”, considerado hasta entonces como el barco más grande de su tiempo. Sin embargo, el 20 de septiembre de 1911, el “Olympic” chocó contra el “Hawke” en cercanías de la Isla de Wight, y aunque no hubo víctimas, Violet empezó a dudar sobre la invulnerabilidad del barco. Por eso, en cuanto se supo que la primavera siguiente era el momento elegido por la White Star para el viaje inaugural del “Titanic”, el trasatlántico más veloz y lujoso en la historia de la compañía, no dudó en postularse para el cargo de camarera de primera clase.

En aquella selección de personal, sólo fueron admitidas 23 mujeres de entre casi 700 miembros de la tripulación. Y el 10 de abril de 1912 a las 06.30, Violet Constance Jessop llegó al puerto de Southampton con su nuevo uniforme, lista para embarcarse en el “RMS Titanic” con destino a Nueva York. Las escenas del viaje –con todas sus verdades y leyendas a cuestas– son largamente conocidas por libros, documentales, películas y exhibiciones itinerantes. Por eso lo más prudente será seguir los pasos de Violet dentro del barco. Su trabajo estuvo centrado en los camarotes de primera, con pasajeros demandantes que la requerían para toda clase de tareas domésticas: servir el té, hacer las camas, barrer los pisos, asistir a las mujeres durante los cambios de ropa, y también, ocasionalmente, curar a quienes sufrían las clásicas náuseas marítimas.

Aimagessí transcurrieron los tres primeros días del viaje, con jornadas que se extendían hasta después de la cena, dejándola exhausta. Por eso, al momento del choque contra el iceberg, dormía profundamente en su litera. “Me ordenaron que subiera a cubierta. De manera calmada los pasajeros caminaban. Me reuní con otras camareras, mirando a las mujeres que abrazaban a sus esposos antes de ingresar a los botes con sus hijos”. “Un poco después, un oficial nos ordenó que abordáramos el bote para mostrar a las mujeres que era seguro subirse. A medida que el bote descendía un oficial me dijo: “Señorita Jessop, tenga: cuide a este bebé”, y me arrojó un bulto al regazo”, contó.

Con ese bebé apretado fuertemente contra su chaleco salvavidas, Violet observó desde el bote número 16 cómo el “Titanic” –el barco “al que ni Dios podría hundir”, como se jactaba la White Star — se desplomó indefenso hacia las profundidades del Atlántico Norte. Recién ocho horas después del naufragio llegó el “Carpathia”, el primer barco que respondió los desesperados llamados de S.O.S., para ser rescatada junto a sus ocasionales compañeros de tragedia, como Edwina Troutt, Hanora Healy, Helen Corr, Charles Andrews, Joseph Bailey y Margaret Mannion, entre otros. Sólo 705 de los 2.207 pasajeros lograron salvarse. Pese a la catástrofe, Violet regresó a su trabajo casi de inmediato, a bordo del “Olympic”, y siguió haciéndolo por otros 38 años. Claro que el destino, su destino, le tenía reservado un último sobresalto en las aguas.

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914, la White Star puso al “Britannic” al servicio de la Armada inglesa como barco hospital. Y Violet, que debió realizar un rápido curso de enfermería, fue incorporada al personal. En la mañana del 21 de noviembre de 1916, cuando la nave cruzaba el canal de Kea, en el mar Egeo, la zona de estribor –izquierda del barco– rozó una mina alemana. La explosión fue tan violenta que el barco se fue a pique en menos de una hora. Violet estuvo, una vez más, entre los sobrevivientes. Y finalmente, el 21 de diciembre de 1950 viajó por última vez en el “Andes”, de la Royal Mail Line , durante el recorrido Rio de Janeiro-Southampton. Apenas jubilada, compró una estancia en Great Ashfield para criar gallinas y cultivar plantas. Quizá buscaba repetir la historia de sus padres en los campos bahienses. Después de todo, en su manuscrito ella se refirió a my people al momento de mencionar a los argentinos.

Pimages (1)ero el “Titanic” tuvo un inesperado regreso a su vida. Una noche recibió la llamada telefónica de una mujer. La voz le preguntó si ella era Miss Jessop y si había trabajado como camarera en el malogrado transatlántico. Con las respuestas afirmativas, la mujer al otro lado de la línea le hizo una última
pregunta. Quería saber si en pleno naufragio, había cuidado a un bebé durante toda la madrugada. Violet le dijo que sí. Le era imposible olvidarlo. “Bueno, yo soy ese bebé. Muchas gracias”, le dijo la voz, y colgó, sin darse a conocer. Los años de su vejez siguió destinándolos a la estancia, y también
a recordar su vida llena de sobresaltos, de los que siempre, por una razón u otra, había logrado salvarse.

No es seguro que haya reparado en un detalle, pero si lo hizo, seguramente entendió la verdadera explicación para su buena estrella en medio de tantos accidentes. Violet Constance Jessop nació, como se dijo, un 2 de octubre. Es el mismo día que el santoral consagra a los Santos Angeles de la Guarda. Está todo dicho.

Fuente: Alberto Kundt.

Colaboración: Tino Diez.