Cantina Miguelito

Corría entre nipones el alcohol
con risas, manises y lupines,
del barco que llegó de los confines
del mar, del otro mundo, de otro sol.
La ingesta de cerveza iba pintando,
aquellos cetrinos rostros, de rubor,
Miguelito, con el lápiz, anotando,
números de adicciones y quinielas,
sobrellevando detrás de las secuelas
de su mal, el “ir nomás tirando”.

Y abriendo el destino a una ilusión,
un tripulante le pidió comida;
“tengo , tan sólo, puchos y bebidas”,
quiso explicarle y no entendió el nipón.
Fue Tulio, la figura patriarcal,
lanzando el desafío de esa hora:
“Que tu vieja, y a la provenzal,
le prepare unos músculos saltados
ajo y perejil, en ningún lado
estos ponjas morfaron nada igual”

Así fue. Y se corrió la voz
y el barcito se atestó de gente,
se corrieron tabiques, los clientes
empujaron el ensanche del salón.
Y de a poco lo que fuera un bolichito
agrandando sus espacios y sus mesas
lo llenaron de música y de gritos,
que recibía un aluvión humano,
donde el pan, se entregaba con la mano,
naciendo la Cantina “Miguelito”.

Y “Melón” le acerca el acordeón.
con el Negro Avagnale en la cocina,
con María, que todo lo domina,
cortando las corbatas a elección.
Comida cantinera y un bon vin,
conjugan la noche y la alegría,
transformando lo distinto en comodín,
donde el proletario es el rey, un día,
baja el señor desde su idolatría,
por “El Rey (de la alegría y)del Chupín”

Visita obligada en los artistas
que llegaban al cine o al teatro,
canzonettas de Hilario o de Pilatos,
corte y quebrada, en la tanguera pista,
filigrana marcada en una viola;
“A media luz” su número central
hablado por Miguel, en corta gola
que llenaba la noche de emociones;
el “Ue, Paesano” que cantó Paone
en el lecho de Miguel, que estaba mal.

Pero el tiempo pasa y desmadeja
lo bueno, en su ciclo impenitente,
el maremoto de lo incontinente
cambió las alegrías por las quejas.
Sólo ruinas quedaron, cruel invierno
congeló las ilusiones con su cuajo.
Se abrieron las puertas del infierno,
la taba cayó con “buena” abajo,
con la hambruna y la falta de trabajo
nos condenaron al dolor eterno.

Hoy cuando pasamos la vereda
nos parece en la noche imaginar,
la “media luz” del tango titilar,
que la Borges y la Legrand esperan,
y que María nos entrega el pan
anunciando entre risa y grito
-desde el aviso que dejó Luisito-:
vuelven las noches de alegría sin fin,
tu triunfal regreso, Miguelito,
serás otra vez “Rey del Chupín”

Fuente: Gentileza Tino Diez.