Francisco Antonio “Calabré” Colacce

Uno mira a los ojos a “Calabré” y encuentra alegría, ganas de vivir, de no pasar desapercibido y de dejar una huella en los jóvenes que a diario lo rodean y con los que comparte sus vivencias.

“White es único en el mundo; como mi caso, existen muchos que tenemos la posibilidad de radicarnos fronteras afuera de la localidad, pero este lugar es lindo, acá se respira vida y automáticamente nos quedamos a vivir la felicidad que nos da ser amigo de nuestros vecinos”

¿Cómo transcurren sus días actualmente?

— Sigo trabajando, soy asesor de presidencia de la obra social ferroviaria en Buenos Aires. Actualmente existen tratativas para lograr una buena atención en el Hospital Español; la verdad que eso me mantiene bastante ocupado y hace que viaje permanentemente a Capital Federal para encontrar soluciones. El Instituto de Servicios Sociales para Ferroviarios tenía 8000 empleados, quedando actualmente reducido a un grupito aproximado a 150.

¿Por qué es popularmente conocido con el mote de “calabré?

— Mis padres eran calabreses; ellos llegaron al país en 1912, mi papá se fue voluntario en la guerra del 14, cuando volvió en el año 26 ya lo hizo casado y sólo hasta que en 1935 trajo a mi madre. Previamente, mi bisabuelo estaba instalado en Ingeniero White y un hermano de mi padre también vivía acá, al igual que una hermana que luego se radicó en Estados Unidos. En 1936 nací yo; entonces, “calabré” era mi papá y “calabrecito” me llamaban a mi; incluso hay veces que me llaman por el nombre y a uno le cuesta reaccionar porque no está acostumbrado.

¿A partir de allí surgen los primeros recuerdos sobre su infancia, adolescencia y juventud?

— Antes de casarme y mudarme a la esquina de Sisco y Plunkett, viví en Carrega 3650, que es la bajada del puente, una cuadra y media; había un club que se llamaba “Marina”, por ese entonces pasaba mucho tiempo en la canchita a ver jugar a los tripulantes de los barcos y en ese lugar uno se hacía hombre a la fuerza. Allí también empecé a despuntar el vició por el fútbol, jugué en el baby y desde 1956 hasta 1968 en las divisiones inferiores de Comercial hasta llegar a Primera, donde luego fui entrenador, en la época en que el club participó del Nacional quedándome a cargo del equipo que jugaba la instancia local. Pero remontándome un tiempo atrás, en 1958 (que fuimos campeones) un ex jugador y dos jugadores teníamos a cargo las divisiones inferiores: Walter Baley con la sexta, yo dirigía la quinta donde jugaba Dodero, Arens y algunos más. La comisión de categorías formativas la integraban Moretto, Palacio…

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Se mantenía bastante activo pero no solo el deporte lo tenía ocupado; la vocación de servicio y el voluntariado despertaron su atención

–Cuando tenía 17 años Orlando Romano que era un oficial de los Bomberos (por entonces cabo), me preguntó si quería entrar y un año más tarde ya estaba dentro del cuerpo. Entré el 6 de octubre de 1954 como cadete, fui bombero, cabo, sargento, hasta llegar a ser Segundo Jefe de Cuerpo. Sin desmerecer a otras camadas, creo que la tanda en la que estaban Bartolomé, Grecco, Ocampo, Feola, López fue una de las más completas, sin olvidar al instructor Radulovich, que luego fue jefe conmigo.

¿Qué cosas aprendió al compartir tantos años dentro del Cuerpo?

— Te enseña a ser un hombre de bien, con las virtudes y defectos propios de cada persona. Para ingresar te exigían una serie de requisitos, por ejemplo una certificación policial donde conste un buen comportamiento. También uno valoraba el respeto por la gente mayor, por el cuartel, algo que se ha perdido porque muchos jóvenes no conocen por lo que nosotros pasamos tiempo atrás. Recuerdo hace cincuenta años solo había una autobomba Dodge 36 y un Internacional 27, lo que motivó un pedido a la Municipalidad que tenía una ambulancia inutilizada en un corralón (Chevrolet 36) y estuvimos varios años atendiendo a White y sus alrededores; eran cuatro choferes que hacían guardia cada cinco días y por la noche se llevaban las sábanas para dormir, hasta el otro día que iban a trabajar y el resto, que éramos aproximadamente cincuenta, hacíamos las veces de camilleros. Luego muchos fuimos aprendiendo y nos transformamos en choferes; vale mencionar el invalorable aporte del jefe de máquinas, don López, que junto a Rúa, Pagotto y algunos más en el taller nos hacían la asistencia mecánica. El proceso finalizó hasta que el municipio le brindó al hospital menor una ambulancia y la nuestra la utilizamos a partir de allí como transporte para buscar ropa a infantería marina de la Base Naval: borceguíes, pantalones, chaquetillas (que en algún caso en la actualidad todavía se usan).

Sin entrar en tren de comparar, ¿cómo ve a White respecto a épocas pasadas?

— Considero que con la instalación de las empresas y el temor que trae en la población, vale aclarar que en varias partes del mundo existen este tipo de firmas y siguen viviendo; es muy cierto que se perdió la tranquilidad de tiempo atrás, pero nunca pensábamos que podía llegar a lo que es actualmente, con un Polo enorme y un puerto importantísimo a nivel mundial. La mayoría de la gente sobre la década del ´60 se fue de acá, porque la localidad carecía de obras sanitarias y muchos de los que habían llegado como inmigrantes se afincaron, por ejemplo, en Villa Rosas. Con el correr de los años White se fue poniendo a tono con la época. Desde hace veinte años a esta parte, como en todos lados, se han perdido las costumbres de dejar todo abierto, sin el temor a que roben algo que cunde actualmente. En ese lapso han llegado muchos habitantes de distintos puntos y tal vez por eso pueden haberse contagiado de lo que ocurre en ciudades más grandes con más inseguridad.

Y dentro de cincuenta años, ¿cómo imagina a la localidad?

— Para mi, White va a ser una potencia, ya que sería importante que prospere el proyecto que le de autonomía y por qué no que se convierta en ciudad. Hoy, es nada menos que el puerto comercial de Bahía Blanca.

¿Siente que algunas costumbres se van perdiendo?

— Sí, sin dudas, antes se disfrutaba mucho de San Silverio, donde la gente iba al puerto, daba una vuelta en lancha, se llevaba a cabo los 20 de junio (fecha que ahora se cambió por razones climáticas). Pero hay que destacar el esfuerzo de la gente, las casas lucen muy pintorescas con los arreglos que se les han hecho; salvo algunas que se encuentran en lo que era el centro, ya que había gente con cierto capital que eran propietarios de unas cuantas viviendas y las generaciones que los sucedieron no tomaron real dimensión de lo que tienen.

¿Ha cambiado la visión de la juventud?

— Sin dudas en nuestra época cuando salíamos era en familia; si una señorita no iba acompañada, no iba a los bailes: la acompañaba una madre, una tía o una vecina. No me olvido nunca que a mi me llevaban a lo que era la Siempre Verde y mi madre quedaba a cargo de las que por entonces eran mis vecinas; que empezaba a las nueve de la noche y terminaba en los primeros minutos de la madrugada. También las kermesse del club Comercial, todo un acontecimiento que en verano se llenaban de gente, lleno de flores en la entrada que parecía un jardín hermoso con dalias, rosas, hasta llegar a la pista donde la orquesta tocaba. De las cantinas recuerdo que era un lugar de encuentros, con cantores que lo hacían con el corazón como Cachito Marzoca; palabras mayores era escuchar a Roberto Achaval (que era Cacho Crudelli) y Antonio Campos. Lamentablemente hoy los chicos cuentan con más dinero y eso los hace caer en probar la droga, algo impensado en nuestra época.

Valores que desde la educación uno podía adquirir para no elegir el mal camino

— Sin dudas, el rol de la escuela era fundamental, yo fui a la número15 hasta sexto grado, ya que después empecé a trabajar. Allí nos daban buenos ejemplos; recuerdo a la señora de Di Pomponio, una maestra muy buena de apellido Cotillo a la que hemos hecho renegar tantas veces.

¿De qué disfruta a esta altura de su vida?

— Muchas cosas: De la familia, ya que ahora tengo una nieta que aunque vive en Bahía la veo casi a diario; tratando de pasarla lo mejor que se pueda, sigo teniendo el mismo carácter de siempre pero uno trata de tomarse la vida con más tranquilidad.

 

“Todo lo que hice en la vida lo hice a gusto; jugar al fútbol, integrar los Bomberos y sigo siendo parte de estos últimos, disfrutándolo, tengo una familia. Esto se lo debo a  mi White y a pesar de recorrer lugares pintorescos del país, yo elijo quedarme acá”

 

Nota realizada en el año 2008 por Leandro Grecco para la revista Ingeniero White com y lamentablemente hoy 25 de Diciembre de 2014 nos ha dejado, pero seguirá vivo en el corazón de todos los Whitenses.