Costumbres navideñas: por qué comemos tantos dulces

Las comidas tradicionales de Navidad y Año Nuevo son un despropósito de calorías, con el lechón, el vitel toné, la ensalada rusa y los fiambres en el podio de los excesos.

Últimamente, algunas familias han optado por platos más saludables y livianos, con preferencia por las frutas y verduras. Sin embargo, donde todos desbarrancamos es en la mesa dulce. No importa que te comportes como un talibán ayurveda mientras se sirve “lo salado”. Cuando llegan el helado y después las confituras, le entrás a todo lo que esté sobre un plato. Y, si se cae al piso, lo soplás y lo embuchás igual.

 

El pan dulce

Cierta leyenda dice que lo inventó un aristócrata que se hizo pasar por aprendiz de panadería para seducir a la hija del pastelero. La versión más repetida, en cambio, cuenta que todo ocurrió durante una gran cena de Navidad ofrecida por Ludovico El Moro, duque de Milán entre 1494 y 1500. Al cocinero se le quemó el postre y entonces echaron mano a un pan dulce elaborado con sobras por un joven ayudante, llamado Antonio. El duque le levantó el pulgar a esa masa llena de miel y fruta confitada y la bautizó “pane de Toni”, expresión que luego devino en “panettone”.

El turrón

Las garrapiñadas

De almendra o de maní, tienen un origen incierto, pero probablemente ligado, también, al mundo árabe. Dicen que los antiguos egipcios ya solían caramelizar azúcares para bañar frutos secos. Ahora, entre nosotros, se encuentran garrapiñadas de nueces, de castañas de cajú (carísimas), de soja y hasta de semillas de girasol (altamente adictivas, deberían estar prohibidas; ¡no, no me las saquen!).

 

Las 12 uvas

Un tanto olvidada en estas pampas, la tradición manda comer una uva por cada campanada a las doce de la noche del 31 de diciembre, y finalmente se brinda ¡por un año más! Aquí se consumen uvas pasas. En España, uvas frescas, y se arma tremenda romería en la Puerta del Sol madrileña y en muchas otras plazas. La prensa ibérica empezó a mencionar esta costumbre a fines del siglo XIX, como supuestamente importada de Francia. Aquí tal vez cayó en desuso porque los fuegos artificiales tapan las campanadas, si es que a algún cura se le da por tañer los bronces.

Higos, nueces, piñones, castañas, avellanas y otros frutos secos

Esto viene de las coronas navideñas del norte de Europa. Se hacían con ramas secas y se adornaban con piñas, que contienen el piñón y representan poder, dignidad y vida eterna, y con otros frutos secos, que son productos de temporada en el Viejo Mundo y además constituyen un alimento ideal para las temperaturas frías (no para el bochorno nacional). El higo es una fruta del verano que se deseca para consumir en invierno.

Confites de almendra y maní

Son una derivación de la peladilla de almendra valenciana, que se sirve en Navidad y se da como regalo en los bautismos. Confites similares existen en Grecia, Italia y Francia. Al parecer su historia se pierde entre los antiguos romanos, quienes usaban los confites para celebrar nacimientos y bodas.

Frutas y frutos secos bañados en chocolate

A esta altura, ¿qué necesidad hay de bañar en chocolate almendras, maníes, pasas de uva y turrones enteros, o incluso meterle chocolate al pan dulce? No hay excusa. Lo hacemos porque somos gordos de alma. Si precisás justificación, decí que en una remota aldea de Suiza, en el cantón de Aargau, el chocolate derretido sale de las canillas y bañan todo. A las doce de la noche, en Navidad o Año Nuevo, la gente se cree cualquier cosa. ¡Chin, chin!

Fuente: La Nación